EL CAMBIO: HACIA UNA ESPERANZA CON UN CAMINO EN COMPAÑÍA

Cuando desde un proyecto social como el expuesto se habla de cambio, no se está refiriendo a un intento por modificar determinadas realidades tangibles o alcanzar tal alteración en un plano objetivo, que sin duda es conveniente y acabará por repercutir en este aspecto. La proyección que asume el programa se adentra en la esfera de las percepciones, los comportamientos, los pensamientos o las ideas; para recalar, finalmente, en la subjetividad de las personas.

Tomar esta posición significa asumir que la praxis constituye la última casilla de la rayuela. Es decir, la acción social, colectiva o individual en colectividad, viene a ser la expresión de múltiples significados y representaciones estimulados que operan, se interrelacionan, y acaban por desembocar en un acto concreto. Podríamos decir, que la acción social es más bien una reacción que una acción en sí, ya sea condicionada o provocada bien por las estructuras o bien por los signos y símbolos construidos a través del proceso de interacción social.

Esto nos induce a pensar, que para lograr mudar una determinada conducta, resulta imprescindible profundizar y trabajar en el motivo que la despertó. Por ello, aunque a veces la premura del contexto nos pueda forzar a cavilar, considerar, y finalmente, asumirlo; focalizar el trabajo primordialmente sobre las prácticas con la pretensión de modificarlas, puede derivar en una labor estéril y suponer la pérdida de una considerable cantidad de esfuerzos invertidos.

Por lo tanto, nuestro modelo se orientará al cambio hacia aquellos aspectos más profundos de la persona, que ineludiblemente, se asientan sobre los sedimentos de lo que se conoce como cultura. Este término se concibe en el trabajo de la misma forma que lo hicieron otros antropólogos o sociólogos anteriores, como por ejemplo Clifford Geertz (1997), que en su propuesta weberiana de la misma, la percibe como una urdimbre de significados en la que se encuentra inserto el hombre, operando como un mecanismo de control, y emitiendo las reglas o instrucciones por las que encauzar nuestra conducta.

Así, los niveles en los que se pretenderá incidir en el proyecto coinciden, por un lado, con el que DiMaggio (2003) conceptualizó como sistemas de clasificación, y por el otro lado, con la más que divulgada noción de habitus de Bourdieu (2007). Respecto al primero, el nivel más profundo, nos referimos a aquellos esquemas simbólicos que permiten categorizar los objetos de pensamiento, posibilitando definir los términos de jerarquización y el contenido de los mismos. En cuanto al segundo, en palabras del autor francés, haría referencia al generado de las prácticas sociales, o al menos, al que lo favorece. Constituye un sistema de disposiciones y evaluación que permite los sujetos experimentar y exteriorizar las motivaciones, intereses y estrategias que despliegan y motivan su acción. En última estancia, refleja el comportamiento asumido e incorporado por el individuo de acuerdo con el lugar que ocupa en la estructura y de entre los diferentes guiones sociales alternativos.

Pero la cultura no solo opera como un limitador y reproductor de nuestros actos que nos condiciona y constriñe y al que estamos completamente subyugado, sino que tiene una doble dimensión. Esta puede ser concebida, al igual que Bourdieu, como un espacio para la innovación y la resistencia, e incluso constituir, como añade Holden (2010), una herramienta para la emancipación. A partir de esta concepción, las prácticas que se lleven a cabo en el proyecto estarán orientadas, en mayor o menor medida, a penetrar y perturbar en lo niveles citados anteriormente.

Este enfoque y niveles en los que se pretende actuar persigue y permite construir, (des)legitimar y valorizar a los distintos actores que integran la comunidad y a sus diferentes identidades. Posibilita, además, transformar o conferir nuevos sentidos a las prácticas y conductas sociales. Y, finalmente, contribuye a reducir la complejidad de la realidad construyendo colectivamente nuevos esquemas para su interpretación.

Este proyecto tiene que arribar de forma indubitable hacia un estado de concientización en el más sentido freiriano. Para ello, la metodología y pedagogía que caracterizará al programa irá dirigida por un lado a un intento por enmarcarnos en el mundo, atendiendo al contexto en el que nos hallamos inmersos y a fomentar y afinar las capacidades para identificar las prácticas, dinámicas, relaciones o procesos que acontecen y explican nuestra realidad. Por otra parte, es imprescindibles, lograr que los participantes lleguen a ser conscientes de que su paso por el proyecto constituye el inicio de un proceso que aspira arribar a la emancipación en comunidad (Lawrence).

El proyecto, como se ha mencionado anteriormente, se construirá en base al diálogo y al consenso, priorizando el entendimiento entre los distintos socios. Es por eso, que marcar una ruta de cambio sin haber sido negociada y acordada con las partes restantes, puede resultar un tanto tendenciosa a la hora de esbozar el camino que se vaya a trazar. Consideramos, al igual que Retolaza (2011), que para evitar que la teoría de cambio acabe por convertirse en un dogma, su construcción ha de ser el producto de un proceso participativo, incluyente y dialógico; pero atendiendo al estado actual del programa, resulta imposible satisfacer esas condiciones. Es por eso, que más que diseñar una ruta de cambio teniendo en cuenta la etapa en el que se encuentra ahora el proyecto, se ha creído más conveniente ofrecer una orientación, susceptible de ser modificada, con la que se pretende desarrollar las acciones que guíen su propio recorrido y nos acerque a la visión esbozada.